El oro que no se ve | L’or qui n’est pas visible

¿Será que me equivoqué? No creo

Intento crear cada vez más dudas

Para hacer emitir a las ruinas un sentido nuevo

Veo mil senderos, no conozco ni uno de sus finales

Mil senderos desconocidos, así se describe el destino

Lo que pasó lo padecimos, lo gozamos

Lo que pasa es que intento, a partir de un par de signos,

Construir el camino de un hilo, con nudos y curvas

Ese torbellino no me va a estorbar

No busco disipar: soy el humo

Estoy en una ciudad que me dice “ven a mí “

Que me dijo ¡vuelve! Y volví 

Eso fue una suerte de remedio, no sé si ella es amiga o amante

Uno, en otra época, se atrevió a decir

Que se podía amar a varias ciudades

¿Cuántas son invisibles?

Cotización imposible, de esos vínculos que duermen

¿Cuántos desconocidos se volverán cercanos?

Se revelarán a lo largo del camino, aunque mis ojos todavía son incultos

Mis miradas no son inquietas, estoy en aquella ciudad

En las calles de mi mente, en el vacío: en confianza

Si todo se pusiera a tambalear, solo me haría reír

Soy el humo, dije, y los sismos me son caricias

Me pongo a pensar que aquellos desconocidos que son futuros cercanos

Ya existen, y que la ciudad los guarda escondidos

Nos prepara un mapa, dibuja líneas hacia un cruce

Nunca temí a la soledad, lo único temible es aislarse sin razón

Y una caricia invisible me guía en los surcos

Hacia el tesoro de una cruz al suelo, es decir, otros seres

Que quizá acarician también aquella teoría del oro que no se ve

Que todavía no se ve

Jean-Marie Loison-Mochon

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